Siete Monedas

No es oculto que siento un placer inmenso leyendo lo que escribe esta mujer, no lo he ocultado nunca, pero me vuelve a sorprender y seguramente a vosotros, esta vez con un relato intenso, muy intenso y con una doble lectura. Ya sé que normalmente, las críticas o los resúmenes se hacen al final, pero cuando salió hace tiempo este escrito leí un comentario sobre él que creo debe de estar en el encabezamiento antes de leer el texto, dice así…

Lo leí un par de veces anoche, casi de madrugada y me gustó tu cuento, sí que me gustó. El final, no es un final alegre, no es un final “de cuento” es un final real. Él, que podría haberse salvado, él que podría haberse dejado salvar por la muchacha que levantaba brisa con su falda, decidió no salvarse, decidió seguirse torturando con el recuerdo. Me ha gustado mucho algo que observo en casi todo lo que escribes, y es, la importancia sensorial que le das a los sentidos, y me gusta, porque yo también se la doy… los sentidos se manifiestan continuamente, y recrearse en ellos y disfrutar de su deleite, crea de la sensualidad… “tan hondo escuchar tus ojos” y pienso que no hay nada tan bello como escuchar una mirada, como escuchar un silencio que lo dice todo… “sólo una idea ha recorrido mi cabeza: tu boca chupando el limón”, una visión fugaz, una sensación efímera en el paladar que queda fijada para siempre… “¿a qué huelen tus recuerdos?”, y sí los recuerdos tienen olor, tienen aroma, ya lo decías en tu poema “y el olor a hierbabuena y jazmín se me estrelló en la frente” y nuestro cerebro queda impregnado de ese aroma eternamente, para evocarlo siempre que lo necesitemos, siempre que lo deseemos… (Chelo Puente)

Os dejo con Libe Li… que nos regala un precioso relato, mezclado con poemas…

– I –

 

Siete monedas de 10 céntimos cada una, alineadas, como en una invitación al orden, ese fue el valor del primer poema. Había pasado despacio entre las mesas y él apenas escuchó el murmullo de la  larga falda vaquera al acercarse, ni el movimiento del aire empujado por su mano en el gesto de dejar, suavemente, el pequeño trozo de papel sobre la mesa. Pero percibió su olor. Lo respiró como  una bofetada del pasado y al alzar los ojos vio aquellas palabras escritas a mano sobre un fondo blanco, ya casi gris por el roce de tantas manos.

 

“Miré tus ojos sin saber

que tras ellos se escondía tu mirada.

Oscura e infinita…inexpugnable.

Miré y te vi entre tus sombras.

Hablé y escuché de nuevo tu mirada,

Muda espectadora de nada,

Vacía de ti, reflejo de mi.”

 

Apenas siete líneas y el recuerdo de un aroma que dolía. La memoria de un pasado cercano en el que no hubo tiempo para la despedida, ni la posibilidad del reencuentro. Se marchó sin dejar tras de si más que aquel frasco de perfume casi vacío, que él decidió conservar, y la certeza de un viaje sin retorno. No hubo lágrimas, sólo un sentimiento extraño que viajaba del amor a la culpa,  pasando por la irritación,  el descanso y un dolor que dejaría pinceladas en aquellos rincones oscuros del alma que sólo en ocasiones queremos  atender.

Lucía no era más que un recuerdo del pasado, o al menos el intentaba a cada segundo que así fuera. Pero esa lucha diaria de recuerdos y olvidos obligados había acabado por convertirse en una necesidad, una especie de alimento del alma  que le ayudaba a sentirse mejor, porque, a pesar de sus conversaciones con el psicólogo, del apoyo de los amigos y de auto repetirse que no podría haberlo evitado, seguía sintiéndose culpable de aquel suicidio.

 

El segundo domingo volvió. Se sentó en la misma silla, dejó las llaves del coche y las gafas de sol sobre la misma mesa que había ocupado siete días atrás y pidió, igualmente, un Martinni con soda. Comenzó a leer el suplemento dominical del diario que acababa de comprar en el quiosco de la esquina y se dispuso a esperar. En ese momento se dio cuenta de que no estaba disfrutando del momento, sólo esperaba. Pero ¿ qué?, ¿o a quién?. Nadie podría pensar que aquel hombre con el periódico entre las manos comenzaba  a sufrir un pequeño conflicto interior. Un sorbo del largo vaso de tubo a cada poco y un mecánico pasar de hojas, sin reparar en que no había comprendido el significado de aquellas palabras sobre las que posaba sus ojos, mientras hilvanaba un pensamiento con otro, y este con un sueño y más tarde con un deseo.

 

Y allí, en esa nube imperceptible en la que se encontraba, fue donde escuchó por primera vez su voz: “Buenos días”. Hacía siete días, tan sólo un gesto con la cabeza había sido  el agradecimiento a sus siete monedas. Hoy, dos palabras habían acompañado el movimiento de la mano mientras dejaba un pequeño trozo de papel,  más gris y más desamparado que el primero.

 

“La nada dijo nada al viento

y le coló un murmullo entre las manos,

un suave roce de angustia,

una caricia de pánico.

El viento le gritó a la nada.

Ya no pudo escuchar su eco”

 

Esta vez después de releer varias veces aquellos versos, para averiguarles el sentido, se mantuvo alerta intentando descubrir entre el murmullo de voces el movimiento de su ropa. Por fin escuchó unos pasos que arrastraban la pisada, acercándose, y, en el momento en  que la muchacha fue a coger aquel pequeño trozo de papel gris, él  le agarró la mano suavemente y le preguntó si querría acompañarle un rato. Ella le miró a los ojos como intentando descubrir y, sin vacilar, apartó la silla y le pidió una tónica a cambio de conversación.

 

– No pienses que estoy intentando ligar, o que normalmente acoso a las muchachas que piden alguna moneda por la calle, no es mi estilo –Le dijo él, en un alarde innecesario de justificación.

– Si pensase que querías ligar conmigo no habría aceptado tu invitación. Se  ve en tus ojos que necesitas hablar.

– Ha sido un impulso, más que una necesidad.

– Impulso o no, la necesidad está gritando a través de tu mirada.

– Tan hondo escuchan tus ojos.

– Si.

– Incluso en los ojos de un extraño?

– Ahí incluso más. A un desconocido no es necesario engañarlo, no se echa un velo en la mirada, ni es preciso ocultar. Uno se muestra desamparado porque no tememos su opinión. Nos es  indiferente.

– Puede que tengas razón, pero en este caso la que parece un tanto desangelada eres tú, no yo. ¿No estarán invertidos los papeles?

– ¿Me miraste a los ojos para tener esa opinión?

– Leí tus palabras.

– A veces se escribe para quien lee. La verdad la dicta el corazón, no la mano. La mano está al servicio de quien la utiliza y éste, en algunas ocasiones, miente.

– ¿Tu mientes?

– Tendrás que descubrirlo, aunque ¿quién podría decir que no miente?

Después de aquel interrogante apuró el vaso de tónica, tomó el trozo de limón

y, antes de llevárselo a la boca, le susurró al oído un gracias por la invitación. Se levantó y siguió su camino, sin dejar que él dijese una palabra más. No se atrevió a pedirle el teléfono, ni a preguntarle su nombre, o quizá tuvo miedo de saber más de aquella mujer que empezaba a llenar su cabeza. Terminó  también su bebida y volvió sobre sus pasos, preguntándose si ella había recorrido, al llegar, ese mismo camino.

 

– II –

 

Para Juan Ramos, que era su nombre, Lucía había sido un amor a primera vista. Una pasión, más bien, arrolladora y carnal. Un intento de rejuvenecer y de elevar su autoestima. Pero no lo supo en ese momento, cuando la vio desnuda sobre una tarima y rodeada de un grupo de 10 alumnos que asistían a su clase de dibujo natural. Un cuerpo hermoso, de senos pequeños y cintura estrecha, que dejaban todo el protagonismo a las anchas caderas, perfecto marco para unos lujuriosos glúteos en forma de corazón. La melena rubia y corta no le engañó, pues sus ojos fueron directamente al negro triángulo  de vello que cubría el pubis. La piel blanca y la mirada oscura, casi infantil, le desarmaron.

La joven, que había sido contratada por el Departamento de Dibujo Natural, hubo de mantenerse casi dos horas sin mover un solo dedo, y al final de aquel esfuerzo físico no había ejercicio que le hiciese desentumecer sus músculos agarrotados.

– ¿Se encuentra bien, señorita? _ Le preguntó el profesor, mientras recogía algunos apuntes, las cuatro fichas que utilizaba como guión en las explicaciones y aquel portaminas plateado que le acompañaba desde sus primeros años de docente.

– Perfectamente, estoy acostumbrada. Ahora me echo una carrera y estaré como nueva.

– Me incomoda enormemente ver a los modelos después de cada sesión. Siento que les infligimos algún tipo de tortura, a pesar de que son, en realidad, un objeto de belleza.

– Estamos porque nos pagan. Además venimos voluntariamente, no es necesario darle más vueltas.

– Tiene razón –comentó Juan- pero no puedo dejar de tener ese sentimiento. Así que, si quiere una pequeña compensación que me libere de este pesar, ¿le gustaría tomar un café conmigo?

– No acostumbro a tomar nada con mis superiores.

– Yo no soy su superior, tan sólo el profesor de la asignatura. Insisto, ¿querría hacerme ese gran favor?

– Lo siento, pero no.

Y se obligó a verla cada día, completamente desnuda, a veces tumbada cual maja goyesca, en ocasiones de pie como  versión contemporánea de cualquier diosa griega, y en otros momentos sentada. Siempre quieta, siempre serena y con esa especie de frialdad que sólo las estatuas de verdad poseen. La miraba desde su posición de profesor maduro con el deleite de cualquier adolescente, notando que el deseo que apenas apuntaba al principio se hacía más insoportable.

Lucía se acostumbró a esta vigilancia rutinaria. Se quitaba el albornoz y adoptaba la posición que Juan le indicase, dejando que adaptase su cuerpo a un determinado marco imaginario con suaves toques en manos y piernas. Y después se dejaba cubrir por aquellos ojos maduros, inventando indiferencia. No supo que se había enamorado hasta el día en el que la dijeron que no tenía que volver más. Una llamada desde la administración y después silencio. Se le abrió un hueco en el estómago y no supo que pensar. Al día siguiente corrió a la salida de la facultad y le pidió al profesor aquel primer café negado.

Después todo fue fácil. Y acabó refugiándose más en el padre que en el hombre, creando un lazo de dependencia que a él lo asfixiaba. La edad para ella era un refugio, para él al principio una renovación, más tarde una angustiosa cadena. No podía romperla. La veía tan frágil, tan necesitada de apoyo, que se dejó vivir en su compañía.  Le ofrecía palabras, le entregaba su cuerpo, pero desde aquel momento le empezó a negar el alma. Y ella, quizá por desequilibrio, quien sabe si por inmadurez, no pudo soportar aquella huída.

Se la encontró tendida en la bañera sobre una viscosa alfombra roja, que contrastaba con el blanco de su piel, y le pareció volver a ver a la chiquilla que ofrecía su cuerpo al arte, esta vez más quieta y gélida que nunca.

 

III

Era domingo. El tercero. Se levantó con la sensación de lo inevitable. Se duchó. Desechó el desayuno y amarró su cuerpo a una butaca, esperando que llegase el tiempo de salir de casa y dirigirse a su encuentro. No anhelaba pasar una agradable mañana leyendo en su terraza preferida, ya sólo la esperaba. Pensó en ella sin urgencia, pero con mucha necesidad.

Recorrió las calles que le separaban de esa cita inventada procurando contar sus pasos, como si aquel sencillo acto de la suma le ligase a la realidad. Y se encontró en la misma mesa, degustando de nuevo un Martinni con soda, aguardando.

Escuchó el sonido familiar de ropa en movimiento y se le estremeció el alma. No quería mirar, sólo sentir ese acercamiento. Y entonces una mano antigua le ofreció un papel marchito, regalándole un roce antes de retirarse. Lo leyó:

“Si del amor la entrega es ocultada

y se recibe al otro como aliento,

el ángel que el abandono bate entre sus alas

sin consuelo caerá.

Resucitado sólo por su esencia”

 

Cuando levantó la vista para buscar a la muchacha, ya la tenía sentada junto a él. Sonriendo, con una mano levantada dispuesta a pedir su tónica, y la otra recogiendo el papel.

– ¿Descubriste la mentira? –Le dijo la muchacha con un guiño.

– ¿La mentira? Ni siquiera he pensado en ello. Sólo una idea ha recorrido mi cabeza esta semana: tu boca chupando el trozo de limón. El resto ha sido secundario.

– ¿Tú crees?

– ¿Por qué debía decir otra cosa? No decías el otro día que no se miente a un extraño.

– A veces se miente uno a si mismo. ¿Y el olor?, ¿se perdió entre mis labios  y el limón?

– ¿Qué olor? Yo no te hablé de ningún olor.

– El olor del recuerdo, ese que se te salía por los ojos y que aún persiste.

– No sé a qué recuerdo te refieres. ¿No quieres que hablemos de ti? ¿De por qué escribes en trocitos de papel para que te alimente algún extraño?

– Soy yo la que alimento el espíritu con trocitos de papel, y ese es el verdadero alimento, el del alma. No quiero hablar de mí, no es necesario. ¿Dime? ¿A qué huelen tus recuerdos? ¿A olvido?

– Yo no olvido.

– El olvido es la muerte. No se vive lo que no se recuerda. Y volvemos a repetir cada olvido para vivirlo de nuevo. ¿No querrás volver a vivir algún olvido?

-Yo vivo, simplemente.

– ¿Vives? Yo amo la entrega, y tú no te abandonas. No hay vida si no se ama y para amar no debes olvidar.

Dejó el vaso de tónica en la mesa a medio terminar y comenzó a levantarse. El profesor le tomó la mano y advirtió en el dorso unas huellas que ya conocía.

– ¿Me dejas así?

– Eres tú el que se abandona.

Y soltándose, prosiguió su camino entre las mesas, arrastrando la pisada, sin obligarse a mirar atrás.

.

2011©mmR

.

Darle un música a este texto …. ufff… difícil… esta canción dice… Si tuviera que quedarme, solamente sería una molestia. Por lo tanto, me iré, pero sé que pensaré en ti a cada paso del camino…Tú, mi querido tú.  Recuerdos buenos y malos. Y yo… Siempre te amaré, Siempre te amaré. Quizá, pudiera ser esta, una canción de tu agrado, ojalá sea así.

Whiyney Houston/I Will Always Love You

10 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Chelo dice:

    Poco más puedoo añadir a lo que ya dije cuando lo leí por primera vez, pero esta noche no he podido resistirme a leerlo de nuevo, y nuevamente me ha resultado fascinante. He vuelto a percibir algún matiz que, o bien no capté las veces anteriores o no comenté.
    “…acabó refugiándose más en el padre que en el hombre, creando un lazo de dependencia que a él lo asfixiaba…” mi opinión es que es difícil amar a quien necesita protección e impide amar libremente, para convertirse en un amor proteccionista, sumamente peligroso, también en mi opinión.
    La canción de Whitney Houston, aparte de que me encanta y me encanta su voz, creo que es perfecta porque acompaña una escena en la película “El guardaespaldas” en que le dice algo así como… ya no puedo protegerte porque me he enamorado de ti.

  2. Rafa/E9 dice:

    Magnífico, aunque el final me deja un poco espectante.
    Música, se marchó de Estopa con Serrat pero a la Papafrita la pone triste así que mejor no.
    Un abrazo.

  3. Angelitapapafrita dice:

    Tremendo relato Libe, evocador y duro. Dale extensión a esos personajes, esta historia lo merece. Me ha fascinado. Gracias Libe Ojos de Gata.
    Cor, es esta…http://youtu.be/IBz-ctLW3l8.
    No puedo escucharla.

  4. Laurie dice:

    perdonadme pero no entiendo lo de la musica, quereis que la cambie? es que no se porque no puedes llegar a escucharla…

    1. Angelitapapafrita dice:

      Noooo, la música es perfecta. La canción a la que hace referencia Rafa es esa otra. Mil besos Cor.

  5. libe dice:

    Gracias chic@s por leerme y comentarme y por haber aguantado hasta el final del relato. Gracias Laurie por sacar a la luz las cosas que yo quiero dejar escondidas, es necesario un empuje, siempre, en todo, y tú siempre estás ahí atrás, apoyando la mano en mi espalda para que no dé pasos hacia atrás. Gracias por la música, es maravillosa. Gracias Chelo por tu/mi primer comentario de texto, te lo dije en su momento, me emocionó leerlo. Sois fantásticos todos, de corazón del centro viajado al norte. Besos enormes!!!

    1. Chelo dice:

      Es un texto que me gusta tanto que cada vez que lo leo percibo en él algún matiz que se me había escapado la vez anterior, por éso repito su lectura :-).
      Besos también para ti.

    2. Laurie dice:

      Boba, sabes que es un placer mostrarte al mundo y lo habrás leído, pero lo repito, es cierto es una muy buena historia, Libe. Se Sepa.

  6. Rafa/E9 dice:

    Aclaro: la música está muy bien , pero cuando estaba leyendo el texto, escuchaba en mi cabeza la canción “Era” de Serrat y Estopa (es preciosa), pero Ángela no la puede escuchar porque se agobia y entristece.

    1. libe dice:

      Acabo de escucharla, Rafa, y es cierto que le viene como anillo al dedo. No la conocía, pero te encoge el corazón, no me extraña que nuestra Angelita no pueda escucharla. Gracias Rafa por enseñarnosla. Besitos para abajo, para mi pareja andaluza preferida.

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