Reza, pero no dejes de remar hacia la orilla.

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Creyó que un arcoiris se abría bajo sus pies. Pensó que sólo necesitaba dos remos para cruzar aquel inmenso mar que le separaba de la otra orilla. La otra orilla, aquella que veía de lejos, que imaginaba, de la que oía murmullos dependiendo como soplaba el viento, cantos de sirenas, pero a la cual, nunca pudo o nunca se atrevió a acercarse.

Y un día se lanzó al mar.

A los pocos minutos de estar en el agua se percató no sólo que le hacían falta dos remos, sino también una barca que aguantara los envites de las olas, un chaleco salvavidas que le mantuviera a flote en momentos difíciles y quien sabe si también una brújula para saber orientarse. 

No tenía nada de todo aquello y ya era tarde como para intentar volver a la orilla de la que salió. Estaba claro que lo que le esperaba al otro lado le ofrecía —cuando menos— un sutil chisporroteo que nunca había sentido, semejante al contacto de los labios con una copa casi casi helada de cava.

Desde entonces camina por esta orilla de la vida. A veces oye rumores y voces procedentes del otro lado que le recriminan, que maldicen aquel día, que desean de todas todas que fracase, que ruegan porque se le meta una piedra en el zapato y que jamás pueda librarse de ella. Se sienta cerca de la orilla y llora en silencio al observar cómo un día tras otro van quemando las naves que pudieran necesitar, como dinamitaron aquel puente que unía las dos orillas o como la isla que está al otro lado le parece que cada vez está más lejos, como si la corriente se la llevará provocando que entre ellos hubiera poco a poco una distancia mayor, una separación mucho más grande.

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A algunas personas les ocurre que cansados de tanto nadar,

acaban muriendo cerca de la orilla.

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como una ola