Víctor Solsona

4 de agosto de 2011

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 Hoy hace exactamente un año que murió Víctor Solsona, el hombre que compartió los últimos años de su vida con mi abuela Natalia. Llegué a tratarlo como mi abuelo, exactamente igual que si lo fuera. Lo único que lamento, es que no recuerdo habérselo dicho nunca. Desde que tengo memoria, siempre estuvo con nosotros, y aunque su salud se fue degenerando con los años, intentó afrontarlo con entereza hasta el final.

 

 

         Esto es parte de su historia, la parte que nos contó en un cumpleaños -cuando lo celebrábamos en familia- con esa familia que acabó siendo su familia, y yo, desde aquí, quisiera rendirle un pequeño homenaje contándola y deseando que su recuerdo quede impregnado en vosotros, como lo quedó en mí cuando aún era un crío.

 

 

In Memoriam.

 

 

Barcelona a  2 de agosto de 2011.

 

Lluís Vilalta

 

Aquel día celebrábamos su 65 cumpleaños, el 65 cumpleaños de Víctor Solsona, y  después de la comida, de las charlas y del café, nos sentamos repartidos entre aquella hermosa mesa larga -donde siempre cabíamos todos- y el sofá con los sillones. La charla se iba dividiendo en grupos, y Víctor -al lado de mi abuela- ocupaba aquel sofá de tres plazas. De pronto, me salió así, de repente, sin pensarlo -yo entonces sólo tenía 14 años- y les pregunté cómo se habían conocido y cuánto tiempo llevaban juntos. Jaume, mi padre, me reprendió y me dijo que  no debía preguntar éso. Víctor me hizo un gesto con la mano para que me acercara, y les dijo a todos que ya era hora de explicarnos su relación anterior, su encuentro y su unión, que ya iba siendo hora de que supiéramos algo más.

 

Mi abuela Natalia en un principio pareció sorprendida, extrañada, incluso algo molesta, pero enseguida cambió su expresión y esbozó una sonrisa.

 

         Víctor se levantó, fue hacia la chimenea, y del viejo cofre de madera que había estado siempre sobre aquella repisa, sacó unos papeles. Mi abuela le seguía con la mirada. Toma, vas a ser tú quien lea en voz alta, esta parte de la historia -me dijo Víctor- . Ésto lo escribí hace ya algunos años y contiene la esencia del por qué me uní a tu abuela, y por qué pude no llegar a estar nunca con ella. Te contaré primero que yo entonces vivía en otra ciudad, tenía mi trabajo, mi familia y una vida acomodada, pero conocí a tu abuela y después de tres años en los que ella me insistía en que podía cambiar de vida, y que empezar de nuevo era posible, por fin me decidí. Pero te diré algo más, las cosas no fueron fáciles y después de todo aquello, pensé en escribir ésto  que ahora vas a leer, por si alguna vez me preguntabas o por si alguna vez me olvidaba, poder leerlo… Toma, lee -y me entregó una hojas plegadas.

No eran aún las once de la mañana y ya estaba en Barcelona. Un taxi me llevó hasta el nº 624 de la Gran Vía de les Corts Catalanes. Al bajarme, una sensación de bienestar me inundó el cuerpo, creía estar en casa, en mi nueva casa. La alegría que tendrá al verme, hará temblar los cimientos de este edificio -pensé- mientras caminaba hacia la entrada donde el portero de la finca, muy amablemente me salió al encuentro.

– ¿En qué puedo ayudarle caballero? -me dijo.

– Estoy buscando… un momento, por favor -y saqué un papel doblado del bolsillo de mi chaqueta. Estoy buscando el 5º 2º, donde vive…

– Sí, sí, conozco a la señora Natalia -me interrumpió el portero- pero debo decirle que quizá llega con retraso.

– ¿Con retraso? -le pregunté sorprendido-.

– Sí señor -dijo el portero- la señora ha salido esta mañana temprano. Ha finalizado la mudanza. Pensé que tal vez usted había llegado tarde a la cita. Perdón, pero… ¿sabía ella que venía usted?

– No, no, no lo sabía, no lo sabía… quizá le dejó una dirección, quizá le dijo dónde iba… -insistí con voz angustiada.

– Sí claro, caballero, pero debe entender que no puedo darle su nueva dirección sin permiso de la señora. Llámela usted al móvil y que sea ella misma quien se la diga.

– Ojalá pudiera, ojalá pudiera… llevo dos días intentando comunicarme con ella, pero el móvil no está conectado.

– Creo que sé cuál es el problema. La señora perdió el teléfono en la mudanza, pero claro, seguro que usted no lo sabía. Permítame que sea yo quien la llame.

El portero fue a buscar su teléfono móvil que tenía en la portería. Yo le veía marcar los números y esperaba angustiado una respuesta, y fue en ese momento cuando escuché al portero que me decía…

– Perdone caballero ¿cómo dijo que se llamaba?

– Víctor, me llamo Víctor Solsona, su amigo de Madrid.

Tras unos largos segundos, viendo como Antonio repetía las palabras, sí señora, sí señora varias veces, colgó el teléfono y se acercó a mí.

– Bueno señor Solsona, la señora dice que en unos minutos vendrá. La verdad es que se ha trasladado muy cerca de aquí, no quería abandonar el barrio, está muy contenta aquí y yo mismo hubiera lamentado verla irse.

Un  mundo lleno de esperanza  se mostró de nuevo ante mí, y automáticamente recordé aquello que tantas veces ella me había repetido, lamentaré profundamente el día que tenga que irme de este edificio, pero este alquiler es insoportable, tengo que hablar con la administradora, si no me lo arregla o si encuentro otra cosa, de un día para otro me voy aunque no sea de mi agrado. Ahora sólo quedaba esperar, esperar que llegara Natalia, ansiaba tanto verla…

Apareció de pronto. Le oí gritar mi nombre desde la entrada, me di la vuelta y  la vi,  preciosa como siempre, con sus pantalones crudos tipo pitillo ceñidos al cuerpo, camiseta color chocolate y chaquetilla corta. Venía andando hacia mí con los brazos abiertos y con emoción en los ojos.

– Natalia, yo venía a decirte… -comencé titubeante.

Ella me interrumpió poniéndome el dedo índice sobre los labios. Se dirigió hacia Antonio,  le dio las gracias por las molestias, me cogió de la mano y se encaminó hacia la salida. Yo sólo tuve tiempo de girar la cabeza y hacerle un gesto al portero, que me contestó con un guiño, saludándome con la mano. Salimos a la calle, y comenzamos a andar sin decir nada, absolutamente nada. Yo la miraba de reojo disfrutando de su pelo rubio, tenía la melena más corta, más corta que la última vez que nos vimos, y en ese momento ella se detuvo y me miró.

-Dime Víctor, ¿cómo tu por aquí?, no te esperaba. ¿Has venido de viaje de trabajo?

Antes de que yo pudiera responder, ella miró la maleta, con cara extrañada, una maleta grande, demasiado grande. Inmediatamente me di cuenta de la situación, y ahora el sorprendido era yo. Me sentía incapaz de reaccionar, los labios de Natalia parecían moverse a cámara lenta, no dejaba de mirarla, y sólo cuando vi que su boca ya no se movía, aproveché para hablar.

– Estoy aquí Natalia…  he venido a preguntarte…  si quieres empezar conmigo una nueva vida…. que seamos felices el tiempo que sea posible … sin compromisos… sin ataduras… sólo  vivir amando cada segundo…

Se apreciaba el nerviosismo  en mi voz, no sabía expresarme correctamente, hasta parecía que tartamudeara. Natalia se quedó pensativa, mirándome fijamente a los ojos, con esa carita que siempre ponía cuando estaba conmigo,  esa carita sonriente. Ella siempre me miraba a los ojos y a la boca, esta vez se me acercó y colocando el dedo índice sobre mis labios, como esperando que se lo besara, me dijo…

– Amor, mi amor, mi dulce Víctor… Sabato escribió una vez… la vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, hay que morirse, y yo no puedo permitir que mañana te arrepientas. Tu estás aprendiendo, mi amor, estás aprendiendo “el oficio de vivir”, la vida es muy corta, lo sé -mis ojos empezaron a llenarse de lluvia salada, mientras Natalia continuaba hablando-. Me has dado mucho, mucho más de lo que pudiera haber imaginado, has superado cualquier expectativa y me has sorprendido desde el primer segundo que estuve contigo. Te quiero, te amo profundamente y no podré olvidarte jamás, pero, mi amor, no puedes romper con todo de esta manera, no es la manera, no es tu estilo y te arrepentirías toda la vida. Debes meditarlo profundamente, debes solucionar tu vida primero, aprender a vivir de otra manera, no puedes presentarte así de repente sin haber vivido antes…

Yo seguía sin articular palabra, mudo, inmóvil, como una estatua de mármol, frío.

– Yo mañana me arrepentiré de haberte dicho ésto, pero si te quedas, mañana serás tú el arrepentido, no podemos, no debemos, es imposible, es imposible Víctor… tienes que volver a tu sitio.

Las lágrimas corrían por mis mejillas. No entendía la situación, parecía que anteriormente estaba todo perfectamente hablado, así que me armé de coraje y comencé a hablar.

– No te entiendo Natalia -le dije- he renunciado a todo por cumplir un sueño, mi sueño, tu sueño, nuestro sueño… Hemos hablado mil veces de ésto, lo hemos vivido todo una y otra vez, horas y horas, finalmente estoy aquí. Me has dicho, me advertiste que tú no perdías nada y yo podía perderlo todo, pero aquí estoy, te lo dije y lo he cumplido. Te di mi palabra, cerré mi puerta, cerré mi vida, cerré mi pasado para vivir el resto de mi vida contigo, ¿a qué tienes miedo ahora? ¿qué temes perder? Natalia no decía nada, miraba al suelo con un gesto de timidez. Yo seguía preguntándole una y otra vez, pero no obtenía respuesta alguna.

Todo había cambiado, ahora era ella quien tenía todos los miedos del mundo, en cambio yo asumí el papel de caballero y llevaba perfectamente las riendas, pero no obtenía ningún resultado y concluí. Tú sabes perfectamente, Natalia, que si me voy, no volveré. Subí su mirada, con dos dedos levanté su barbilla, pude ver sus ojos vidriosos, pero en ellos no había ni una sola lágrima. Sabes que no podré volver -continué. Parece que no debía haber venido, parece que no me necesitabas tanto como yo a ti, lo lamento mi amor, porque estoy seguro de que te hubiera hecho muy feliz, de que hubiéramos sido felices. Yo jamás dejaré de quererte, jamás, pero parece que mi tiempo aquí se ha terminado. Ahora debo irme, seguiré toda mi vida esperando una llamada tuya, ahora seré yo quien espere tu decisión. Y cogiéndole la cara con mis dos manos, le di un profundo beso con los ojos abiertos, mirándola, mirando aquella última imagen, y entonces empecé a caminar calle abajo sin darme la vuelta.

Cogí un taxi que me llevo directamente a la estación. Tomé  el tren de las 14:00h, casi como un zombi, como un autómata, todo muy silencioso, no crucé ni una sola palabra con la persona que me pidió el billete, ni siquiera la miré a la cara.

Llegué a casa  cuando faltaba poco para las seis de la tarde, giré la llave, dos vueltas, señal inequívoca de que aún no había nadie, deshice la maleta, coloqué todo en su sitio y me dispuse a encender la televisión, esperando perderme entre aquellas imágenes  absurdas. De pronto sonó el teléfono un tono, dos tonos, tres tonos -lo miraba impasible como si esperara algo- cuarto tono, extendí la mano y agarré el teléfono.

-Diga, buenas tardes

-Hola, soy yo… oye, que llegaré un poco más tarde que de costumbre. Víctor… ¿estas ahí?

-Sí, sí, estoy aquí. Ok, no me moveré de casa.

Sin mediar palabra colgué el teléfono -era mi mujer quien llamaba- me quedé mirando el aparato, la mano aún me temblaba…

Llevaba tanto tiempo intentando cambiar mi vida,  unirme a ella en sus largas noches de soledad, y ahora veía  truncada mi fantasía, así que me bajé del  caballo, de aquel precioso caballo, para no volver a montar nunca más, para volver a ser el peón que llevaba siendo toda mi vida, ahora sería un peón con capa y espada y volvería a sentir que mi amor era un amor imposible.

         Cuando acabé de leer, se oyó un silencio, durante unos segundos, nadie dijo nada, así que me giré y le dije a mi abuela… y ¿por qué no le quisiste abuela?. Inmediatamente  noté una colleja de mi madre- ¡ay! yo sólo quería saberlo -les dije.

         Víctor se reía, y pidió tomar otro café. Recuerdo como mi padre cogió la hoja y volvió a leerla con sumo interés. Mientras, los que estaban allí reunidos hablaban y reían entre ellos. Fue entonces cuando mi padre le dijo a Víctor que éso no explicaba por qué estaban juntos. Mi abuela le reprendió ¡Jaume!.. No importa Cielo -dijo Víctor- y extendiendo la mano, le entregó una segunda hoja a mi padre. Léela tú, por favor, léela para todos -y así lo hizo.

Podía ser el destino, podía ser la casualidad, pero durante algún tiempo no nos vimos, ni nos llamamos, ni nos escribimos, no volvimos a saber nada el uno del otro hasta que por una casualidad -yo no debería estar allí- viajé a Zaragoza por una reunión de trabajo.

Era un fin de semana, la reunión la había propuesto un grupo de Barcelona, y nos reunimos allí como punto intermedio. Yo iba sólo, viajaba sólo y después de aquella reunión dije que me iba al hotel, estaba cansado, tenía sueño, pero decidí ir a cenar algo, poca cosa, quizá una ensalada me bastaría.

De camino al Hotel Plaza Delicias, que me caía muy cerca de la estación, me acordé de un detalle, hacía un tiempo había comido en su restaurante y tenía un buen recuerdo, así que pensé, allí mismo pediré que me preparen algo, una ensalada o una tortilla será suficiente.

Entré, me senté y di el número de habitación, no miré nada más, le pedí una cerveza y si me podía preparar una simple ensalada. Por supuesto, caballero, faltaría más…

Mientras esperaba e iba tomando aquella cerveza helada, pasó el camarero con un café para alguna mesa de atrás. Cuando  me trajeron la ensalada -a mi espalda- oí una voz que pedía la cuenta. Camarero, por favor, sería tan amable de traerme la nota. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo… aquella voz… no sabía si girarme o por educación no hacerlo, pero la curiosidad, el deseo, pudo y cedí.

Me giré de golpe, sin pensarlo más, no sabía si era ilusión mía o realmente… pero sí, allí estaba. No me di cuenta al entrar, estaba sola y leyendo un libro, o al menos eso parecía. Esperé un minuto por si levantaba la vista cuando vi llegar al camarero con la cuenta, le hice un gesto con la mano, para que la dejase en mi mesa.

Dejé allí la ensalada, me levanté y me dirigí hacia su mesa -seguía sin levantar la mirada- Deposité la bandeja con la cuenta cerca de su mano, miró la nota y dejó su tarjeta de crédito encima, y al extender la mano para entregarme el platillo, levantó su mirada con una sonrisa que se le quedó congelada… Soltó el plato de golpe… ¿qué haces aquí?, ¿tú? ¿pero, cómo? ¿es que trabajas aquí?…

Las preguntas se encadenaban una tras otra. Cogí la silla, la retiré y me senté… ¿Cómo estás Natalia? -esas fueron mis primeras palabras- Luego le explicaría, luego ya le diría que viajaba solo, que había venido solo y que bueno, cosas de la vida, ahora vivía solo.

Estuvimos charlando, hasta que muy amablemente el camarero se acercó y con un leve tosido -pidiendo perdón- me recordó que tenía el plato en mi mesa. Le pedí cortesmente que lo retirara e incluyera en mi cuenta la de la señora.

Desde ese instante y hasta que volvió el camarero con la nota, no dijimos ni una sola palabra, ni una sola… nos dedicamos a mirarnos, con las manos entrelazadas -como antaño- envueltos en una sonrisa de añoranza. No hizo falta separar los labios para decir nada, estaba todo dicho desde el primer segundo, aquellos ojos hablaban por sí solos y lo que contaban era puro amor.

Salimos a la calle, paseamos, ya ni tenía hambre, ni estaba cansado, ni tenía sueño. La cogí del brazo y caminamos tranquilamente, sin prisas, me contó por qué estaba allí. Qué casualidad -le dije- no podemos dejar pasar más casualidades.

Así que me paré en la calle, la miré a los ojos, tranquilo, mostrando una gran sonrisa de sosiego, de felicidad.

– Estoy aquí Natalia…  estoy aquí otra vez y ahora volveré a preguntarte… quieres empezar conmigo una nueva vida…. que seamos felices el tiempo que sea posible… sin compromisos… sin ataduras… sólo  vivir amando cada segundo…

Natalia se quedó pensativa, mirándome fijamente a los ojos, con esa carita que siempre ponía cuando estaba conmigo,  esa carita de felicidad. Ella siempre me miraba a los ojos y a la boca, esta vez se me acercó y colocando el dedo índice sobre mis labios -como aquella vez- como esperando que  se lo besara, me dijo con una gran sonrisa… Sabato escribió una vez…  la vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, hay que morirse, y yo no quiero morirme sin aprender a vivirla contigo, Víctor.

Así estuvimos un buen rato hablando como siempre, diciéndonos prácticamente las mismas cosas que unos años atrás. Llevaba tanto tiempo intentando vivir de nuevo,  unirme a ella en sus largas noches de soledad, que ahora veía  cumplida mi ilusión, y me mantuve en el  caballo, en aquel precioso caballo, para no volver a ser el peón que llevaba siendo toda mi vida, para poder sentir que nuestro amor era un amor posible.

Y así ha sido desde entonces, hijos míos, si he dicho hijos míos, permitidme ahora ya y por el tiempo que me quede, llamaros así y agradeceros vuestra comprensión.

         De nuevo, el silencio se adueñó de la sala por unos segundos, pero esta vez, mi padre se levantó y abrazó a Víctor, dándole unos golpes en la espalda, luego se dirigió a su madre y le dio varios besos. Fue entonces cuando vi que Víctor tenía otra hoja en la mano. Y esa otra hoja que tienes en la mano Víctor ¿es otra historia?. Víctor no contestó, mi abuela rápidamente detectó en su mirada un gesto que le resultaba familiar… ¿qué pasa mi amor?. Después de un silencio eterno, levantó la vista y mirando a mi abuela le extendió la mano, entregándole aquellas hojas, como quien entrega su alma. Esta parte de la historia, de mi historia, de nuestra posible historia, no llegué a contártela nunca, Cielo, porque jamás me atreví a ello…

Mi abuela se puso a leer y a los pocos segundos sus ojos se volvieron vidriosos, todos la mirábamos pensando qué podía ser aquello tan terrible que Víctor contaba. Unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas, cuando -de pronto- extendió los brazos acogiendo a Víctor, que se acercó a ella abrazándola. Mi padre cogió el papel que había dejado caer mi abuela y nos hizo indicaciones a todos para que saliéramos al patio, cerró la puerta, dejándolos allí abrazados, inmóviles… Nos miró a todos y empezó a leer en voz alta…

Quizá era el entorno, quizá la monotonía, puede que tal vez la ilusión de un comenzar nuevamente, pero hacía días que me rondaba, cada día más, la idea de romper con todo y empezar de nuevo. Natalia tenía razón, debía aprender a vivir. Dejaría atrás una sosegada vida llena de muchas cosas, entre ellas una familia y un trabajo estable, pero estaba convencido de querer empezar de nuevo, porque había encontrado a la persona que compartía mis anhelos. Llevaba todo el día anterior pensando en ello, de hecho llevaba tres semanas dándole vueltas, pero no acababa de decidirme, y aquella misma mañana tomé la determinación. Tenía fiesta en mi trabajo y en casa estaba solo. Pensé que llamaría después y explicaría  desde la distancia mis intenciones, así sería todo más fácil.

Al principio, a mi padre le pareció que la historia era la misma y levantó la vista buscando a Víctor, pero no estaba allí, así que siguió leyendo… y despacito, en voz alta fue narrando todo el texto…

No eran todavía las once de la mañana y ya estaba en Barcelona. Un taxi me llevó hasta el nº 668 de la Gran Vía de les Corts Catalanes. Al bajarme, una sensación de bienestar me inundó el cuerpo, había pasado casi año y medio desde aquel viaje fallido, y volvía a estar en Barcelona.

Era un lunes del mes de mayo, uno de ésos en que los días cambian de color continuamente, en los que puedes ver las gotas de lluvia en las hojas mientras sale el sol… prometía ser un gran día. Me levanté temprano, justo después de que la casa quedara vacía, cuando aún no había salido el sol. Cogí mis pocas pertenencias materiales, llené una maleta pequeña, todo fue rápido muy rápido, miré hacia atrás antes de cerrar la puerta, apagué la luz y di dos vueltas a la llave, mirándola, como si ella fuera la llave del mundo, de ese mundo que cerraba y dejaba atrás…

Mientras bajaba en el ascensor hice una llamada de teléfono, pero no obtuve respuesta. En ese instante caí en la cuenta de que –seguramente- era demasiado temprano, de que ella estaría aún durmiendo, pero tenía muchas ganas de contarle, de explicarle que finalmente me había decidido. Habían sido muchas horas hablando de mis ansias, de mi necesidad de romper con aquel anillo que me oprimía y ella nunca se atrevió a decírmelo, nunca sería capaz de pedirme nada. Natalia estaba convencida de que yo no dejaría atrás tantos recuerdos y tantas vivencias, y ya se había hecho a la idea. Ella había aguantado muchas cosas en su vida -demasiadas quizá- pero esta situación la tenía asumida, sabía perfectamente cuál era su papel en aquella relación y aparentemente estaba cómoda.

Apenas habían pasado unas semanas desde aquel viaje fallido, cuando me presenté allí de repente, dispuesto a quedarme con ella. Durante estos días nos habíamos escrito y habíamos hablado por teléfono, aunque con menor frecuencia. Ahora, seguíamos hablando a diario pero una única vez. Yo entendí que nos estábamos dando un tiempo de reflexión y éso había contribuido a que tomara esta irrevocable decisión.

Caminé hasta la parada de taxis -la tenía cerca de casa- hubo suerte y había dos vehículos en la terminal. Pedí que me llevara a la estación Puerta de Atocha, al llegar  me dirigí a la terminal de salidas,  y reservé un billete en el tren de las 09:00h. Todo estaba listo, ahora empezaba a darme cuenta, cada segundo notaba como los nervios aumentaban.

Allí en la estación, mientras esperaba el tren que me llevaría a Barcelona, hice un par de llamadas, la respuesta siempre era la misma… el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos. Con la convicción de que seguramente se le  hubiera olvidado encender el móvil guardé el teléfono, pensando que lo realmente extraño era que hacía ya tres días que no cogía el móvil, que no sabía nada de ella.

Un fin de semana anterior nos habíamos ido de puente, cada uno por nuestro lado, y hoy lunes, festivo en Barcelona, Natalia gozaría estirando este fin de semana.

Seguía haciéndome a la idea de cómo sería mi llegada, estaba convencido de que la sorpresa sería mayúscula, ya que ella no me esperaba. Pensaba ir directamente a su casa, sabía que a esa hora ella estaría comiendo sola, como habitualmente solía estar…

¿Cómo le explicaría, que había dejado toda mi anterior vida atrás y que me iba a embarcar en una nueva etapa junto a ella, con la única pretensión de ser felices  durante  el tiempo que nos fuera posible?

Ahora mi máximo empeño sería  explicarle que había pensado poner todo mi patrimonio en venta y que la decisión había sido muy meditada. Durante el viaje le envié un mail a Javier, mi abogado, explicándole todas mis intenciones. Era mi amigo y lo entendería, aunque sabía que me llamaría asombrado. Había tardado mucho en decidirme, pero por fin me había atrevido a dar ese paso tan importante. Había decidido cambiar toda mi vida.

 No eran todavía las doce y media  y ya estaba en Barcelona. Un taxi me llevó hasta el nº 624 dela Gran Vía de les Corts Catalanes, a la nueva casa de Natalia. Al bajarme, una sensación de bienestar me recorrió todo el cuerpo, creí estar en casa, en mi  nueva casa. La alegría que tendrá al verme, hará temblar los cimientos de este edificio -pensé mientras caminaba hacia la entrada- donde el portero de la finca, muy amablemente le salió al encuentro.

– ¿En qué puedo ayudarle caballero? -le dijo.

– Estoy buscando… un momento por favor y saqué un papel doblado del bolsillo de mi chaqueta. Estoy buscando el 4º izquierda, donde vive…

– Sí, sí, conozco a la señora Natalia -le interrumpió el portero- pero lamento decirle que quizás llega en mal momento.

– ¿En mal momento? -le pregunté sorprendido.

– Sí señor -dijo el portero- la señora dejó el piso hace tres días y se marchó de viaje, pero… ¿sabía ella que venía usted?

– No, no lo sabía, no lo sabía… quizás le dejó una dirección, quizás le dijo dónde iba… -insistí con voz angustiada.

– Lo siento pero no me dijo nada, sólo me dijo que se marchaba unos días de viaje con un amigo suyo que vino a buscarla. Creo que fue suficiente señor, lo siento.

 El  mundo se me vino abajo, automáticamente recordé aquello que tantas veces ella me había repetido -Soy libre, Víctor, no lo olvides.

Volví a intentar otra llamada al móvil, otra vez la locución sin respuesta -estaba desolado.

Era mediodía y el tiempo se había puesto feo, muy feo. Empezaban a caer las primeras gotas  cuando llevaba un rato  caminando sin parar, pensando, meditando, dando vueltas  en la cabeza, me resultaba imposible pensar con total lucidez.

Paré un taxi -A la Estación de Sants -le dije al conductor-.  Compré un billete de vuelta, de vuelta al lugar del que quizá  nunca debí salir, y empecé a darme cuenta de mi locura, de mi fugaz ascenso de peón a caballero, de creer en la fantasía, de creer en un imposible.

Tomé el tren de las 15:00h, casi como un zombi, como un autómata, todo muy silencioso, no crucé ni una sola palabra con la persona que me pidió el billete, de hecho no la miré ni a la cara. Subido en el tren, llame a Javier, no contestó al móvil, le dejé un mensaje en su buzón. –por favor Javier te ruego no abras el mail que te envié, si ya lo has leído, destrúyelo, no hagas nada, debemos hablar, te llamaré pronto.

 Llegué a casa  cuando faltaba poco para las siete de la tarde, giré la llave, dos vueltas, señal inequívoca de que no había nadie, deshice la maleta, coloqué todo en su sitio y me dispuse a encender la televisión, esperando perderme entre aquellas imágenes  absurdas.

Sonó el teléfono y me acerqué a cogerlo, era un número que no reconocía.

– Sí, dígame… -hubo un segundo de silencio.

– Hola amor, soy yo ¿puedes hablar?

– Sí, claro…

– Quería pedirte disculpas por estos días en los que no te he llamado, pero es que he estado de viaje fuera de España y acabo de llegar hace una hora. Ya te contaré… ¿y tú que has estado haciendo?

Víctor, no podía salir de su asombro.

– Nada, nada,  lo de siempre. Hoy me había cogido un día de fiesta para hacer muchas cosas pero al final, no he hecho nada de lo que quería, ya ves cielo, siempre me pasa lo mismo.

Así estuvimos un buen rato hablando los dos, como siempre, diciéndonos prácticamente las mismas cosas que unos días atrás, pero sin querer decirle lo cerca, lo muy cerca que había estado de cambiar mi vida, de querer unirme a ella en sus largas noches de soledad, pero una vez más no me atreví.

Volví a sumirme en mi fantasía, me bajé del caballo, de aquel precioso caballo, para volver a ser el peón que llevaba siendo toda mi vida y volví a justificar mi amor como un amor imposible. Pero algo sí había aprendido… había aprendido que necesitaba cambiar de vida, y tenía que empezar por resolver mi situación y por intentar olvidarme de ella.

        Para cuando acabó de leer mi padre, todos estábamos emocionados. El papel fue pasando de mano en mano, todos querían leerlo, querían ver al hombre que tuvo el desengaño del primer viaje a Barcelona, y se quedó sin poder llegar a verla. El hombre que fue rechazado en su segundo viaje y siguió sin decir nada. El hombre que finalmente pudo tener aquello que tanto deseó. Allí estuvimos y hasta pasado un buen rato, no volvimos a entrar en el salón, donde les dimos fabulosos abrazos, y me pasé largo rato abrazado a mi abuela.

.

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         Esta es la historia de los papeles del cofre, de aquel cofre de madera al lado de la chimenea, esta es la historia del hombre que pasó la última etapa de su vida con mi abuela,  esta es la historia en definitiva de “mi abuelo Víctor”, esta es la historia de Víctor Solsona y de Natalia Molledo. Un trocito de su maravillosa vida.

         En recuerdo a Víctor, el magnífico hombre que hizo feliz a mi abuela hasta el mismo día de su muerte.

Gracias  Víctor.

 

Barcelona a 2 de agosto de 2011

Lluís Vilalta

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2011© josepaguilella

 


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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Que relato tan conmovedor!! Me ha encogido el corazón en cada linea. Es una historia de amor realmente hermosa. Gracias por compartirla.

    1. Muchíssssimas gracias por tu comentario. Un abrazo largo.

  2. Alfonso Monteserín dice:

    Estimado Víctor:

    Soy Alfonso Monteserín, responsable de prensa del sello literario Grijalbo Ilustrados, del grupo editorial Random House Mondadori.

    Me pongo en contacto con usted por indicación de una de las autoras que publicamos recientemente, Alicia Yagüe, de quien a finales de mes publicaremos la obra PEQUEÑAS IDEAS PARA QUE TENGAS UN GRAN DÍA. La obra consiste en un compendio de frases aparentemente sencillas pero que contienen reflexiones incontestables, pequeños aforismos que, en su aparente sencillez, contienen verdades irrefutables y una clara filosofía de vida. Todas ellas acompañadas de simpáticas ilustraciones.

    La autora está muy interesada en que le hagamos llegar un ejemplar de la obra, creo que porque le una una buena relación -al menos cibernética- con ella. En ese sentido, nosotros estaríamos encantados de enviarle dicho ejemplar. Tan solo díganos, por favor, a qué dirección querría que se lo enviara.

    Quedo a la espera de su respuesta. Agradeciéndole de antemano la atención prestada, le saluda cordialmente,

    Alfonso Monteserín

    1. Josep dice:

      No me acordé de darte las gracias también por aquí, pero te envíé un mail a la misma dirección de este comentario con una nota, y mi dirección. Ha sido una sorpresa muy muy agradable y sin duda alguna ocupará un lugar privilegiado en mi biblioteca.

      Muchísimas gracias a ambos y mi enhorabuena por esta nueva andadura.

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